martes, 21 de junio de 2011

Cuatro meses y trece días después de su regreso, Baldabiou se sentó frente a él
sobre la orilla del lago, en el límite occidental del parque, y le dijo
-Tarde o temprano, de todos modos, tendrás que decirle a alguien la verdad.
Lo dijo despacio, con fatiga, porque no creía, nunca, que la verdad sirviera de algo.
Hervé Joncour dirigió la mirada hacia el parque.
A su alrededor campeaba el otoño y una luz falsa.
-La primera vez que vi a Hara Kei llevaba una túnica oscura, estaba sentado con
las piernas cruzadas, inmóvil, en una esquina del cuarto. Extendida a su lado, con la
cabeza apoyada en su regazo, había una muchacha. Sus ojos no tenían un aspecto
oriental, y su rostro era el rostro de una chiquilla.
Baldabiou siguió escuchando, en silencio, hasta el final, hasta el tren de Eberfeld.
No pensaba nada.
Escuchaba.
Le hizo daño oír, al final, que Hervé Joncour decía en voz baja
-Nunca oí ni siquiera su voz.
Y después de una pausa
-Es un dolor extraño.
En voz baja
-Morir de nostalgia por algo que no vivirás jamás.
Subieron por el parque caminando uno al lado del otro. La única cosa que
Baldabiou dijo fue
-¿Pero por qué diablos hace este maldito frío?
Dijo, una vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario